Diosas y cabras de Chuquichinchay

 
 

La vida bajo el cielo limeño se reúne en torno a un conjuro milenario. Contaba la cabra que cuando Lima apareció, un pájaro solía elevarse sobre sus desiertos y señalaba el lugar en el que las aguas tenían que lamer las costas con violencia para que quien decida vivir en los alrededores sepa que ahí la muerte había decidido establecer una de sus moradas. Basta con observar el cielo atentamente y reconocer que la bóveda grisácea no es sino una prolongación flotante del mar. Aquí, este goza de romperse contra las rocas para escalar hacia lo alto y desde ahí cernirse sobre las cabezas y ropas de los limeños, convirtiéndolos en seres perpetuamente amenazados por las enfermedades que afectan al sistema respiratorio. Lima, ciudad de los reyes y de los tísicos, es, como opinaba Jorge Eielson, “un lugar ideal para morir”[1].

 

Cuando el poeta habla de esta manera sobre Lima, anhela la tradición de historias ocultadas y enterradas por debajo de su historia más reciente. “Cráneos y esqueletos prehispánicos, a varios metros de profundidad, aderezados de plumas, mantos y collares, soportan el peso de otros cráneos y esqueletos de capa y espada, sayo, sotana y crucifijo”. Lima, el gran cementerio que contempla Eielson, es el reino de una Muerte aferrada a sus vetustas insignias y atavíos coloniales, incapaz de agraviar su “pequeño abolengo español”, brevísimo en comparación a los siglos de cadáveres indígenas que hablan entre sí por debajo de la ciudad. Debido a que siempre ha sabido engalanarse apropiadamente, algunos creyeron que su dominio había finalmente concluido para dar paso a una era de modernidad, ciencia y democracia. ¿Quién podría haberles convencido de que un cementerio no se elimina construyendo uno nuevo encima? ¿Acaso no había sido así como desapareció Tawantinsuyu? ¿Qué es Lima sino el cementerio de Tawantinsuyu?

 

Chuquichinchay, o apo de los otorongos, es el vocablo quechua que nombra a la deidad felina de la montaña de los jaguares, protector de los indígenas de “dos naturas”. Esta información es recuperada por Michael Horswell[2] a partir de su lectura de la Relación de antigüedades deste reyno del Piru, crónica escrita y dibujada por el indígena cuzqueño Santa Cruz Pachacuti entre 1600 y 1630. La crónica narra que Chuquichinchay había sido traído al Cuzco para formar parte de los rituales celebrados por Pachacuti Inga Yupanqui en la víspera de la muerte de su padre y del reciente nacimiento de su hijo, Amaru Túpac Inca. Al darse en un contexto que simboliza la muerte de un ciclo y el nacimiento de otro, la invocación del inca a los chamanes qariwarmi[3] de Chuquichinchay —individuos de aspecto andrógino cuyos cuerpos eran símbolos vivientes de la complementariedad sagrada entre lo masculino y lo femenino— indica que estos personajes cumplían en realidad un rol importante en la religiosidad indígena y las ceremonias que garantizaban la reproducción de la cultura andina. La ansiedad que expresaron numerosos cronistas en torno a estas figuras, a quienes describieron como “sodomitas transvestidos”, es sintomática de la misógina fragilidad con que se ha construido la masculinidad en occidente. El desafío a la normativa de género y sexualidad que representaron los cuerpos qariwarmi y sus prácticas rituales causó que la cultura colonial reaccione a través de un conjunto de medidas (leyes, historiografía, literatura) orientadas a extirpar su significado sagrado de la memoria colectiva y evitar que el cuerpo indígena siga funcionando como vehículo para la transmisión de conocimiento e historia. Con el tiempo, y a medida que el régimen colonial se consolidó en lo que había sido el territorio del Tawantinsuyu, el patriarcado occidental inició su propio proceso de colonización de los cuerpos e imaginarios locales. Los relatos sobre Chuquichinchay, conjuros milenarios elaborados para recordarnos que lo femenino y lo masculino actúan como fuerzas complementarias, desaparecieron en medio de los procesos de evangelización gestionados por la iglesia católica, dando paso a las narrativas patriarcales que, desde entonces, han legitimado el desprecio de lo femenino y la persecución a quienes representan algún tipo de amenaza a la legitimidad del orden “natural”.

 Créditos de la ilustración: Ibrain Plácido

Créditos de la ilustración: Ibrain Plácido

 

Chuquichinchay es el nombre de la muestra que la artista visual Javi Vargas presentó en Lima a fines de abril del 2017 en el Centro Cultural de Bellas Artes. La referencia directa a la deidad felina representa un momento importante en la historia de la transmisión de los saberes ancestrales enterrados por el colonialismo. La muestra presentaba una serie de objetos, mapas y registros audiovisuales que instalan un punto de reencuentro para los maricones contemporáneos y sus ancestras qariwarmi. Incluye también el registro de algunos de los crímenes de odio más violentos ocurridos en el Perú a lo largo de la historia. La denuncia de la heteronormatividad que ha regido a la sociedad peruana desde el establecimiento del régimen colonial es elaborada en base a imágenes y símbolos de origen andino que han llegado hasta nosotrxs en una deriva sumamente oportuna. Siempre crítica de las herencias fascistoides del pensamiento ilustrado y del liberalismo que coopta al movimiento LGBTIQ, Javi recibe el legado de Chuquichinchay por obra de Giuseppe Campuzano, quien le mostró lo que Santa Cruz Pachacuti había escrito en su crónica sobre el antiguo protector de los indígenas qariwarmi. Campuzano luego incluiría dicho fragmento en su Museo Travesti del Perú como parte de su propio proyecto de arqueología de la cabritud y el travestismo en la historia peruana, no sin antes mostrárselo a Javi, quien en trabajos anteriores había travestido a uno de los principales íconos de la resistencia indígena y anticolonial en el Perú, Túpac Amaru II. La intervención que realizó Javi del retrato hipermasculinizado del revolucionario no fue bien recibida por quienes vieron en la feminización de este personaje un intento por caricaturizarlo e inferiorizarlo. En un contexto en el que los principales recursos para combatir la violencia patriarcal proceden de la misma lógica ilustrada que ha sustentado el exterminio de lo indígena (y, por ende, de la cultura de género andina), Chuquichinchay representó para Javi un hallazgo invaluable. Había encontrado en esta imagen una especie de mapa que le sugería las soterradas relaciones entre la Túpac Amaru travesti que ella había imaginado/deseado y la antigua protección que el guardián de los indios de dos naturas procuró sobre la ancestralidad del cacique que siglos después emprendería la primera gran rebelión contra el orden colonial en 1780.

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 Performance de Germain Machuca

Performance de Germain Machuca

 Frido Martín, Javi Vargas, Diego Fernández Stoll y Germain Machuca en la inauguración de la muestra

Frido Martín, Javi Vargas, Diego Fernández Stoll y Germain Machuca en la inauguración de la muestra

 

Chuquichinchay es el nombre de uno de los proyectos en los que actualmente nos encontramos trabajando las miembras del colectivo transfeminista No Tengo Miedo. Se trata del desarrollo orgánico de un proceso que empezó cuando, en medio de los debates provocados por la ley de unión civil no matrimonial entre personas del mismo sexo, algunas activistas nos preguntamos cuáles eran los supuestos con los que el movimiento LGBTIQ limeño estaba imaginando la problemática que afrontan los maricones, las lesbianas, las personas transgénero, bisexuales e intersexuales que sobreviven en las diferentes regiones del Perú. Si, desde una crítica feminista, la idea de disputar un sentido de dignidad humana para la población LGBTIQ a partir de la reivindicación de un legado patriarcal nos parecía contraproducente, el que diversas organizaciones y voceros del movimiento respalden una agenda que no había sido consultada con las bases nos resultaba inaceptable. ¿Cómo íbamos a alcanzar nuestra liberación como comunidad alentando la asimilación de nuestras utopías afectivas a la versión idealizada de un “amor romántico” que privatiza los vínculos y precariza nuestras fuentes de cariño y amistad reduciéndolas a una competencia por encontrar a la pareja perfecta? La evidencia del pésimo estado de salud mental y emocional en que nos encontrábamos muchas compañeras como efecto de nuestra resistencia a esta manifestación de la opresión patriarcal motivó que nos organicemos para emprender un verdadero reconocimiento de las necesidades, problemas y aspiraciones de la población LGBTIQ peruana. En esta búsqueda, No Tengo Miedo termina elaborando dos diagnósticos sobre la situación de las personas LGBTIQ en Lima Metropolitana (Estado de violencia, 2014) y a nivel nacional (Nuestra voz persiste, 2016). El proyecto Chuquichinchay no es sino la puesta en práctica de lo aprendido tras más de dos años de trabajo de investigación e intercambio de saberes. Ahora que tenemos una idea más clara de quiénes somos como comunidad, decidimos que es necesario dar a conocer estos hallazgos a través de plataformas que permitan un acercamiento más íntimo entre la población general, adoctrinada en el machismo y la homofobia estructural, y las visiones del mundo que construimos las mariconas a lo largo y ancho del país.

 

Las recientes resurrecciones de Chuquichinchay reseñadas aquí parecen sugerir que la cultura crítica marica en el Perú se encuentra en un momento de florecimiento, así como de reencuentro con sus fuentes andinas. Sin embargo, lo cierto es que estos esfuerzos han surgido y prosperado de manera aislada y gracias al trabajo (casi siempre, no remunerado) de investigadores, activistas y artistas que han tenido que asumir por cuenta propia la lucha contra la violencia ante la inacción de la sociedad, el estado y los grupos de poder. Como si los asesinatos, la segregación, el acoso y la marginación no fueran obstáculos significativos para que lxs peruanxs oprimidxs por el patriarcado tengamos acceso a una vida libre de miedo y trauma, la más reciente gesta del poder conservador en el Perú degrada el sentido del derecho a la protesta y se disfraza de un movimiento social que actúa para defender a la familia peruana de las garras "homosexualizadoras" de lo que ha denominado como “ideología de género”. Puede que no haya nada que se asemeje a un argumento razonable en la defensa de un orden travestido de natural, pero es necesario tener en cuenta que el legado colonial de nuestra sociedad persiste a través de la pauperización cultural en que se encuentra la mayoría de la población peruana a causa de la pobreza y la exclusión. Bajo el gobierno de una clase política corrupta, ávida de permanecer en el poder mediante medidas demagógicas y asistencialistas, la gestión de la educación en el Perú a cargo del estado se encuentra subordinada a los intereses del poder económico transnacional y del poder eclesiástico. La legitimidad de la que goza el pensamiento patriarcal en distintos lugares del país como efecto del dominio ideológico detentado por la iglesia católica durante siglos de colonización hace posible que miles de personas salgan a las calles a marchar “por la vida” y a protestar en contra de un enemigo imaginado y estratégicamente diseñado para convertir a la población LGBTIQ en los nuevos terroristas que amenazan con llevar a la juventud y a la niñez peruanas hacia un abismo de perversión, locura y decadencia. En una sociedad severamente traumatizada por la violencia terrorista, instalar en el sentido común de la población el temor a una “ideología de género” que pretende desnaturalizar a la familia constituye un vil intento por presentar a la cultura feminista como un ente destructor del tejido social, de modo que sus principales aportes —por ejemplo, la categoría “género”, tan importante para revelar la existencia del patriarcado— no solo son sometidos a un proceso de desprestigio intenso ante la opinión pública, sino que son proscritos de la esfera cultural y pasan a ser considerados como ideas nocivas y contrarias al desarrollo del país.

 

La verdadera "ideología de género" no es otra cosa sino el mismo pensamiento patriarcal, instalado en el sentido común a través de una inmensa y sofisticada maquinaria cultural dirigida desde el centro del poder económico global. ¿Cómo se explica sino la ubicuidad de las imágenes que glorifican la heterosexualidad y la presentan como la única experiencia sexoafectiva válida entre seres humanos? Basta con darle un vistazo a la televisión de señal abierta, u oír con atención los mensajes que memorizamos al ritmo de la música que difunden las emisoras de radio, para reconocer que los medios de comunicación constituyen una pieza clave en el adoctrinamiento patriarcal de las comunidades. Si la realidad a la que tenemos acceso a través de estos medios es una en la que no solamente no existimos, sino también una en donde no podríamos existir, ¿cómo íbamos a ser capaces de imaginar utopías revolucionarias sin ser víctimas de la marginación y criminalización a la que son sometidxs quienes osan rebelarse en contra del patriarcado? En tiempos de Internet y redes sociales, las feministas disponemos de nuevas y mejores estrategias para comunicarnos y organizarnos. Esta misma intervención representa cómo los nuevos escenarios tecnológicos han contribuido a la vigorización de las luchas feministas, que tienen en la campaña "Ni una menos" a uno de sus hitos más recientes. Como era de esperarse, la contraofensiva conservadora no se hizo esperar, y cual viejo y decadente patriarca, desesperado ante la evidencia de su pérdida de poder, se apropia de calles y plazas gritando "con mis hijos no te metas", como si la libertad de las personas fuera un patrimonio de sus padres. ¿Cómo nos enfrentamos, entonces, al poder de este macho que no puede dejar de obsesionarse con el despliegue de magia milenaria y energía transformadora que contenemos las maricas, lesbianas, trans, personas de género no binario, intersexuales, bisexuales, poliamorosas, anarcoamorosas y perritas de género trascendente que habitamos este mundo desde mucho antes de que tan siquiera exista un lenguaje con el cual nombrar todos los matices de nuestra complejidad. Desde No Tengo Miedo, nos comprometemos a seguir gestando alternativas de acción con el fin de contribuir, desde nuestra trinchera, a acabar con la violencia machista y transfóbica en el Perú. Para ello, hemos decidido inaugurar nuestro blog, desde el cual trazaremos diversas rutas de reflexión transfeminista a modo de simpática demostración de cuán prestas nos encontramos para seguir enfrentando a la matriz patriarcal y a sus voceros de turno. Chuquichinchay nos acompaña. Nada nos faltará.

 

[1] Eielson, J. Primera muerte de María (1988).

[2] Horswell, M. La descolonización del "sodomita" en los Andes coloniales (2013).

[3] Las voces quechuas "qari" y "warmi" se traducen al castellano como "hombre" y "mujer", respectivamente. Horswell explica que los chamanes del culto a Chuquichinchay ostentaban atributos que combinaban elementos tanto masculinos como femeninos, de modo que sus cuerpos se constituyeron en signos visibles de un tercer espacio que simbolizaba el equilibrio necesario entre qari y warmi. Al margen de si estos personajes pueden ser comparados o no con la figura moderna del sujeto transgénero, su significado ritual en la reproducción del equilibrio cósmico es innegable.