Cuando me encontraba estudiando en un instituto, lamentablemente, algunos compañeros se fijaban en mí y hacían notar su disgusto hacia mí. Una señorita, también, admirada por un profesor, me hacía problemas para que permanezca en el instituto. Se aprovechaba de su condición de Administrador del Instituto para obligarme a que vaya mi tutor o apoderado para que me hiciera cambiar mi apariencia masculina para que así pudiera seguir estudiando. Era él una de las pocas personas a las que incomodaba y no al resto del profesorado, ya que con el resto siempre me llevé de maravilla.