Era el penúltimo año del colegio. Yo había salido del clóset solo con un grupo de compañeras y les había dicho el chico que me gustaba, el cual estaba en mi mismo salón. Luego de contarles a ellas, al fin tomé valor y decidí contarle a él. Y ahí comenzó todo. Él se alejó, pero no solo eso; era hijo de una profesora, así que le contó a su mamá; su mamá se lo contó a la directora. La directora era amiga de mi mamá (pueblo chico, infierno grande, dicen). La mandaron llamar. Yo asumí que lo había ofendido, que era un insulto para él que alguien de su mismo sexo se enamorara de él. Por eso, busqué de cualquier forma acercarme a él para pedirle que me disculpara por mi "ofensa". Me suspendieron. Yo tenía 17 de promedio en comportamiento durante toda mi vida escolar. Cómo un chico de comportamiento casi perfecto puede ser suspendido. Había que explicar eso a papá. En el período de suspensión, mi amiga más cercana fue a mi casa y dijo que la profesora había hablado de mí frente a todo el salón. "Eso de ser gay no está bien" dijo. Tiempo después, (porque no volvimos a tocar el tema en casa hasta que me asumí plenamente) me enteré por mamá que me habían suspendido por acoso. Era acoso haberle dicho a un chico que me gustaba. Era acoso haberlo buscado para que no se alejara de mí, aunque nada más fuera posible. También en ese año era la confirmación de todos; me prohibieron confirmarme y  participar del retiro. Al año siguiente, como requisito para dejarme culminar mis estudios en el mismo colegio, le hicieron comprometerse a mi mamá que me comportaría "bien". Pasado el tiempo, agradecí todo lo que pasó; agradecí, porque gracias a todo ello no viví mucho tiempo en el clóset. Me hubiese gustado salir por mí mismo, pero ya que me habían sacado a patadas, ya no podía volver y jamás volveré.