Mi nombre es Luis Arce, tengo 27 años, crecí en un distrito de la Lima burbujienta, estudié en un colegio jesuita privado y en una pontificia universidad, privada también. Actualmente amo monogámicamente a Fabiola Yamasaki, a mi familia, a mis (ex)estudiantes y a quienes luchan conmigo en diferentes espacios.

Si lo que voy a contarles me costó tanto a mi, alguien con muchos privilegios, alguien que cuenta con el amor de toda su familia, una persona cisgénero y monogámica; no puedo imaginar el miedo, la frustración y el dolor de quienes no cuentan con eso, de quienes deciden ir contra lo establecido, contra el binarismo. Quienes me conocen saben que rechazo la expresión "ponerse en los zapatos de". Creo que para comprender la injusticia hay que preocuparse por conocer, de primera mano, la situación de lxs involucradxs, principalmente de las víctimas. Para solidarizarse de verdad hay que unirse y respaldar sus luchas. Para evolucionar como sociedad hay que decidir disidir. Espero que este mensaje también les ayude a entender eso.

Nunca he dicho públicamente lo que diré a continuación pero a raíz de los deleznables hechos ocurridos contra Mili Palacios he decidido dejar de tener miedo. Un miedo que llevo dentro no porque no sea feliz de ser quien soy, sino por sentir que esa imagen podría dañar mi contacto con personas a las que amo en esta sociedad heternormativa, patriarcal, homofóbica, transfóbica y misógina. Palabras que parecieran convertirse en un cliché pero que pintan de cuerpo entero a las mentalidades de grandes (abrumadores) sectores de la población, las entidades estatales y los medios de comunicación.

Soy bisexual. No sé si existirán grados en el asunto, pero tampoco es objetivo de estas palabras definir qué tanto lo sea. Amo a las personas. A aquellxs que luchan por una sociedad más justa, quienes dedican su vida para enfrentarse a cualquier tipo de discriminación, lxs que desarrollan una actitud crítica que guía su día a día, a todxs lxs que entienden que nunca dejamos de aprender. Amo a quién pueda indignarse frente a la explotación, frente a la violación de los derechos de lxs demás. Amo el sexo, no un órgano reproductivo. Amo las expresiones de género originales y no quienes se copian (y compran) las modas que imponen los medios (de comunicación y producción) año tras año.

Habiendo dicho eso quiero rastrear mi miedo. De niño, recuerdo haber sido altamente sexual. Era de esos niños que se besaban y tocaban con lxs demás. No, Freud, no lo reprimí del todo. Aún recuerdo esconderme con lxs hijxs de amigxs de mis padres, con compañerxs de clase. Aún recuerdo cómo mis papas tomaban esto a la broma cuando se trataba de una niña pero también su extremada preocupación cuando la otra persona era de mi mismo sexo. Luego, ya en el colegio, llegaría una exploración más consciente. Muchxs lo hacían, todos lo ocultaban.

Iría llegando la pubertad y con eso la homofobía y el machismo. No sé si todxs lo sepan pero en los colegios religiosos privados elitistas de un solo sexo, ambas conductas son entrenadas institucional y socialmente. Recuerdo a la coordinadora de 5º y 6º de primaria respondiendo a los chicos que preguntaban ¿Por qué el cole no es mixto? Con un “pero si fuera mixto las mujeres serían sus amigas, no sus novias”. Justo en esos años cometí uno de los actos de misoginia de los que más me arrepiento, así como mis primeros acercamientos conscientes hacia gente de mi mismo sexo. A diferencia de la infancia, algunos de esos encuentros sí los he reprimido. Tengo en la memoria un vago recuerdo de mi papá diciéndome que no dejara que otros chicos se me acercaran, pues él creía que el acercamiento nacía de los otros. Recuerdo las denuncias de pedofilia que se hicieron en distintos grados del colegio por esos años pero también recuerdo cómo se resaltó el carácter “homosexual” de los mismos en lugar de hacernos (como estudiantes) tomar consciencia del problema de la violencia sexual en su real magnitud.

Apareció la secundaria y con ella recuerdo el calvario al que se sometía a lxs compañerxs que no eran unos “machitos” y también cómo la popularidad se relacionaba, entre otras cosas heteronormativas y elitistas, a la cantidad de “amigas” mujeres que uno tenía y la cantidad que uno “levantaba”. Nunca fui popular pero desde 3º de secundaria siempre tuve enamorada. Siempre fui consciente de mi atracción por ambos sexos pero, a la vez, sabía que eso debía ser reprimido, mantenido en secreto. En 5º de secundaria un amigo la abrió la mentalidad a toda mi promoción, salió del closet. Pero no salió abriendo la puerta sigilosamente ni en puntillas. Tumbó la puerta de una patada, le prendió fuego y le dijo a todos que no solo era gay sino también “una perra”. En uno de los actos de liberación más hermosos que he visto empezó a utilizar perfume de mujer, entalló su pantalón gris del uniforme, se puso una chalina eterna. En ese momento, los machitos dejaron de tener un “insulto” para humillarlo ¿cómo insultas a alguien con las palabras con las que esa misma persona se define? La curiosidad de todos hizo que pudiera hablarnos de ese otro mundo en el que él ya vivía hacía muchos años. Lamentablemente, no tuvo un efecto dominó. Todos lxs otrxs compañerxs que podrían haberse liberado también, continuaron siendo humillados, continuamos reprimiéndonos. Por más que los jesuitas me abrieron muchas perspectivas y me ayudaron a tomar consciencia de la inequidad en la realidad peruana, la educación sexual es algo que, al menos hace 10 años, hacían rotundamente mal.

Ya en la universidad uno configura su círculo social. La diversidad en la PUCP alberga tanto a personas conservadoras como otras bastante radicales y todo un espectro gris en medio. Mi entorno albergaba, principalmente, jóvenes “progres” (por decirlo de alguna manera). Muchachxs de derecha e izquierda, hijxs de profesionales, políticos, artistas y académicos. Gente de distinta orientación sexual, gente que iría descubriendo orientaciones sexuales distintas. Desde mi experiencia, me tocó vivir un momento que ahora recuerdo con agrado: cuando muchxs amigxs empezaron a salir del closet y el resto empezó a aceptarlo. Sin embargo, el inicio fue difícil, pude ver cómo discriminábamos a quienes queríamos. Algunxs ya no eran invitadxs a los previos o, a veces, se les pedía ir sin pareja. Nos burlábamos de otrxs asumiendo sus orientaciones desconsiderada e irresponsablemente. Hablo en plural pues yo también lo hice y eso realmente me marcó. Me hice daño tanto a mi como a otros al buscar protegerme escondiéndome.

Fue durante esa época que mi mamá me dijo lo más hiriente que me ha dicho alguien en mi vida, y sí que me han dicho cosas hirientes, algo por lo que ya la he perdonado pero cuyo recuerdo aún me quiebra la voz. Una tarde de verano estábamos juntos, solos y le pregunté con tono de broma “¿Qué harías si mi hermana (mi hermano ya estaba casado) o yo trajéramos una pareja homosexual a casa? Ella respondió, literalmente: “Te muelo a palos. Que seas un ---- lo hemos aceptado pero eso NO SE CURA”. Esa noche lloré hasta que amaneció. Realmente sentí que estaba enfermo, que mi amor y atracción por otrxs era insano y que jamás podría evidenciarlo pues sería algo que le haría mucho daño a mi mamá, algo por lo que realmente hasta ella me discriminaría. Nunca le dije el daño que me hizo ese día pues he aprendido a comprender sus mentalidades (es hija de un militar y una mujer que no terminó la secundaria, sus hermanos son militares y desde que formó mi familia siempre se dedicó al hogar y a nuestra educación en colegios religiosos de un solo sexo). Ahora sé que su reacción en verdad no sería la que planteaba pero también sé que le costará mucho asimilar estas palabras.

Mi primer trabajo remunerado y con recibo por honorarios fue en la Asociación Civil Transparencia. Mi primer jefe fue Gabriel de la Cruz Soler. Más que mi jefe fue mi amigo. Gabito, me enseñó muchísimo ese año de elecciones y no solo en el trabajo, donde movilizaba personas con profesionalismo, compromiso y un toque ácido que hacía llevable el estrés de realizar una observación electoral y un conteo rápido; sino aún más cuando decidió renunciar y apostar por lo que creía. Luego de renunciar formó una asociación cultural con otras personas muy bellas y pusieron en escena una performance colectiva sobre nuestra(s) identidad(es) como peruanos: P.A.T.R.I.A.

Años después partiría a Bambamarca-Cajamarca a enseñar en un colegio público durante dos años. Fue la experiencia más enriquecedora de mi vida. Fue precisamente a partir de esa experiencia que confirmé lo imprescindible que era incorporar la educación sexual y el enfoque de género en la currícula escolar. Además, también fue durante esos años que pude confirmar lo heteronormativa, patriarcal, homofóbica, transfóbica y misógina que es nuestra sociedad a nivel individual y colectivo, explícito e implícito, cotidiano e institucional. El miedo de dañar a otrxs (familia, colegas, estudiantes) por afirmar mi identidad se ha convertido en el deseo de compartir con ellxs y abrir sus mentalidades. El miedo por dañar a mi pareja ya no tiene lugar porque Fabiola es un ser extraordinario que me hace crecer cada día.

Pasaron los años y Gabriel junto a otras personas, también muy bellas, formaron “No tengo miedo”. En cada acción que realizaba el colectivo aprovechaba la oportunidad de agradecerles lo que estaban haciendo pero aún tenía miedo. El estudio sobre la violencia y los crímenes cometidos contra la comunidad LGBTIQ, así como haber logrado posicionar el tema en la agenda pública es algo por lo que todxs lxs peruanxs y toda la humanidad deberemos estarles siempre agradecidos.

Gracias Gabriel

Gracias Eduardo

Gracias Rudi

Gracias Malú

Gracias a todxs lxs que están involucradxs en defender la diversidad y la igualdad

Luego de muchos años, por primera vez puedo añadir a ese agradecimiento:

#NOTENGOMIEDO!

Lima

Enero 2017