En el 2010, empecé a trabajar en una empresa de
telefonía en el área de atención al cliente; no tenía ningún problema con mis
compañeros y cada día aprendía más, pero mi supervisora me llamaba la atención
continuamente - la mayoría de veces sin razón. Se sentía la mala vibra; era déspota
conmigo y en uno de esos días ella se dio cuenta del primer tatuaje que me hice
en el brazo (la blusa era de manga larga, pero se notaba). Me llamó para
decirme que no le parecía adecuada la forma en la que yo me dirigía a las
personas, la forma en la que vocalizaba y hacía "gestos": excusas
tontas. Después de solo un mes y una larga capacitación, salí de ese trabajo. Nunca
le pedí más explicaciones; me sentía mal, pero al mismo tiempo sabía que me
estaba haciendo un favor. Yo siempre supe que fue por ser quien era, por cómo
me vestía; ella solo estaba buscando una excusa para sacarme de ahí.