Volví a la universidad luego de realizar mi transición; había empezado mi terapia de reemplazo hormonal y aún estaba operándome. Lo que tanto había deseado se estaba concretando en mi cuerpo. Volví como Marco y sabía que no sería fácil. Retomé mis clases, aunque mi salud aún no era la mejor. Lidié con personas que me conocían y no se adecuaban a llamarme por mi nombre. Igual sentía que de alguna manera siempre supieron que no era una persona feliz antes. Yo quería que me llamen Marco durante mis clases, figurar como tal en el registro de asistencia, que los profesores se refirieran a mí usando los artículos que usan con cualquier otro alumno, así que me acercaba a cada profesor y profesora para pedirles que respetaran mi identidad en el aula. Muchos me apoyaron sin preguntar más: era el primer alumno transgénero de la facultad, pero les costaba acostumbrarse a llamarme Marco; sin querer leían mi nombre legal en la asistencia. A veces me hacían preguntas extrañas y algo invasivas. Sentía que me afectaba demasiado lidiar con todo esto queriendo además ser un buen alumno. Había días en los que el error de un profesor podía simplemente hacerme olvidar todo debido a que la ansiedad me dominaba. Tuve un enfrentamiento con un profesor que recuerdo con especial molestia, ya que no solo no respetaba mi identidad, sino que se negaba a llamarme Marco en el aula aduciendo que yo debía de ser “coherente” y aceptar que esa era mi situación. Me molestó tanto que terminé por quejarme en la secretaría de mi facultad, pero la respuesta del coordinador fue que el profesor no estaba incumpliendo ningún reglamento y me daba como solución llamarme solo por mis apellidos y que para los exámenes no podía usar otro nombre. Él no tenía en su registro un alumno llamado Marco, por lo que no tenía la obligación de corregirlo.