Cuando tenía 15 años conocí a mi primera novia. Ella fue la primera persona con la que pude ser yo. Con ella, empecé a experimentar lo que significaba ser lesbiana, pero también lo que significaba ser un chico trans. Ella vivía en la casa de su abuela junto a sus tíes y sobrines. Yo podía ir a su casa, porque era su “amiga”. Un día por la noche cuando llegaba a dejarla después de haber salido, el wachimán nos vio besarnos desde la caseta de vigilancia. Al día siguiente, este señor sintió la responsabilidad de contárselo al tío de mi novia. Ella tuvo muchísimos problemas y yo fui vetada de volver a entrar a su casa.

Un día que no iba a haber nadie en su casa, decidimos entrar a su cuarto para estar soles. De pronto, se escuchó la puerta de la casa. Alguien se acercaba rápidamente. Nos pusimos nerviosas. El cuarto era muy pequeño y yo no tenía a dónde ir. Se acercaban violentamente. Me metí debajo de la cama. Me dijo “quédate ahí”. Se abrió la puerta. Escuché la voz de un hombre gritar “¿Dónde está?”. Ella intentaba tranquilizarlo. Él seguía gritando. Nunca había sentido tanto miedo. Vi el colchón alzarse. Me sacó de ahí abajo a la fuerza. Seguía gritando. Nos sacó de la casa a empujones, gritos y patadas. Yo solo recuerdo estar preocupada por ella. “No la toques” le gritaba. En ese momento, por primera vez, entendí lo que implicaba ser LGBTIQ.