Crecí en un hogar donde si bien nunca faltó el amor y el cariño, existían muchos prejuicios y machismo. Crecí con la idea de que solamente existían el blanco y el negro, es decir, o eras heterosexual o eras gay y dentro de este último concepto se encontraba toda la diversidad de género y orientación sexual. Desde niña, supe que había algo distinto en mí. A pesar de ello, intenté encajar en el rol que la sociedad me había asignado, pero eso no hizo en ningún momento que me sintiera como uno más de los muchachos. Mi madre fue alguien con quien, con mucha pena, no podía hablar de estos temas y mi padre falleció cuando yo tenía solo 17 años.
En mi confusión por saber quién era, busqué la ayuda de una psicóloga quien luego de casi un año me explicó lo que era ser una persona transgénero. Me tomó diez años aceptarlo y sobretodo aceptarme, valorarme y quererme como ser humano.
Hace 14 meses, decidí que era el momento de empezar mi verdadera vida e inicié mi tratamiento de reemplazo hormonal y con la ayuda de los médicos que me atienden he logrado poco a poco acercarme a ser por fuera la mujer que siempre fui por dentro.
Soy una Bachiller en Derecho, y hoy en día ejerzo esta carrera como la mujer que soy. Sé que el camino no es ni será fácil, puesto que todos sabemos bien el tipo de sociedad en la que vivimos, una sociedad en la que todo lo que no está dentro de la norma establecida está mal visto. Sin embargo, lo hago con valor y determinación. Después de todo, seas quien seas la vida no es fácil y todxs tenemos nuestras propias dificultades.
Sí quiero resaltar el apoyo de mi familia nuclear y de muchísimos amigos y amigas que han sabido aceptarme y quererme como la persona que siempre debí ser. Sé que para muchxs esto no ha ocurrido, pero como en mi caso, he formado nuevas y hermosas amistades, amigxs a quienes hoy también puedo llamar mi familia.
Soy Andrea, soy una mujer trans y no tengo miedo.