Como la mayoría de gays en este país estuve sujeto a largos y varios años de bullying en el colegio por ser amanerado, no por ser gay, porque en esa época no me identificaba como tal. Nunca me dejé y siempre recurrí a mecanismos de defensas desde mi materia gris para combatir la burla tonta y desenfrenada. Sin embargo, esa no es la historia que quiero contar acá.

En el 2007, mi madre encontró una serie de fotografías pornográficas en la computadora que en el aquel tiempo era la compartida en la casa. Regresé del colegio (estaba en quinto de secundaria), y ella me increpó si es que me gustaban las mujeres. Ante la pregunta y la presión, dije que sí. Inmediatamente después, me pregunta "¿Te gustan los hombres?". En ese instante, me dije a mí mismo que no podía seguir mintiendo, y respondí que sí. Mi madre entró en un ataque de histeria, cólera, confusión y obviamente, tristeza. Ser hijo de dos padres sordos y tener un hermano síndrome de down, creo que siempre ha complicado mucho el proceso de aceptación de mis padres hacia mí. Mi madre, además, es testigo de jehová y para ella dejar de lado sus creencias por su único hijo "normal", aquel que lleva el honor de la familia y la progenie, nunca fue fácil. Hemos pasado, como familia, por una serie de momentos difíciles debido a la poca comprensión y aceptación a la que se abren mis padres. Han pasado ya 8 años desde aquel incidente, y he tenido que decirles un par de veces más que soy gay para reafirmar mis deseos y que no pasen al olvido. La reacción siempre es la misma. Felizmente, mis padres, a pesar de no estar de acuerdo con mis afectos y deseos, nunca optaron por botarme de la casa o dejar de pagarme los estudios; por ello, estoy agradecido. Sin embargo, siento que también hay una constante vigilancia por parte de ellos hacia mi vida que no me deja vivirla plenamente, y es por eso que con el dolor de mi alma, he decidido mudarme pronto de mi casa. Porque siento que es una necesidad para mi salud mental y el desarrollo pleno de mi vida, mis vínculos, afectos y sobretodo mi desarrollo como persona. Igual, la historia no acaba acá, y siempre mantengo la esperanza de que algún día todas aquellas historias de familias que aceptan plenamente a sus parientes LGTBIQ y les profesen de manera incondicional su amor, sea la mía.